—¿Qué dices? No… ¡Imposible!
La voz de la mujer salió rota, incrédula, como si al pronunciar esas palabras pudiera deshacer lo que acababa de escuchar. El aire en la habitación se volvió denso, pesado, casi irrespirable. El ambiente estaba cargado de una tensión fría que parecía adherirse a la piel.
De pronto, Sonia Belmont se acercó a ella con movimientos firmes. Sin previo aviso, tomó su mano con una fuerza inesperada. Sus dedos se cerraron alrededor de su piel con una presión calculada, casi