El Dios de la mala suerte se reía de mí.
El mundo se detuvo y no supe que hacer. Los ojos de mi esposo bajaron cuidadosa a la caja vacía que estaba en la encimera.
—¿Qué es eso? —preguntó en tono amenazante, como si supiera que lo que tenía ante sus ojos no iba a ser de su agrado.
Mi mano se estiró, pero él fue más rápido y tomó la caja sin el menor cuidado.
—¡No, Alexander…! —Forcejeé, tratando de quitárselo, de evitar que leyera el contenido—. ¡Devuélvelo, por favor!
Alzó su man