—¿Me tienes miedo, Kiara? —preguntó, girándose en mi dirección—. ¿Piensas qué te voy a golpear? ¿Crees qué sería capaz de hacerte eso?
Sus palabras me tomaron desprevenida.
—No, Alexander. No creo que seas capaz de golpearme —dije en voz baja, sorprendiéndome a mí misma.
Antes si creía que me golpearía en algún punto de nuestra relación, inclusive cuando lo abofeteé llegué a pensar que me lo devolvería, pero no lo hizo. Y desde entonces, dejé de verlo de esa forma. Tal vez por eso me sentí