Quise desmayarme en ese mismo instante. No, es más, hasta morirme.
Porque la vergüenza y la falta de argumentos en mi lengua para la discusión que me esperaba, eran abismales.
Y lastimosamente, no podía esconderme detrás de la sábana para protegerme.
Todas las cabezas voltearon al unísono, viendo detrás de ellos al hombre alto vestido de traje.
Alexander se encontraba junto a la puerta. Su mirada grisácea y severa me observaba directamente. Los músculos de su mandíbula tensos.
Con pas