Las lágrimas corrían por mis mejillas, saladas. La gente me evitaba cuando pasaba a su lado, como si fuera una peste.
Mi cabello blanco, mi piel pálida y ojos violetas, combinado con mis lágrimas y mis sollozos entrecortados, daba un aire inusual para algunos… Esa era mi manera decente de decir que seguro me confundían con la llorona.
Encontré una plaza, sentándome en el primer banco que se me cruzó por el frente.
No me gustaba el sol, pero en estos momentos, era lo que menos me importaba. E