La puerta de la suite se abrió y cerró con un golpe seco. Esta vez no hubo delicadeza al depositarme sobre la cama. Me soltó sobre el colchón y antes de que pudiera incorporarme, su cuerpo cubrió el mío, atrapándome entre sus brazos.
—Vinicius, ¿qué…?
—¿Qué? —repitió, burlón, pero en su mirada no había una pizca de gracia—. ¿Qué vas a decirme? ¿Qué no entiendes? ¿Qué necesitas tiempo? ¿Qué no puedes divorciarte con él por miedo?
Cada palabra era un latigazo. Principalmente, porque tenía raz