A la mañana siguiente.
Ernesto sonreía con emoción, al recibir el alta del hospital. El doctor Martín ingresó a la habitación con una silla de ruedas y lo ayudó a ponerse de pie. El joven sonrió, al ver ingresar también a doña Inés, quien hace un rato le llevó su maleta, y pudo ducharse con un poco de incomodidad al llevar una mano con yeso, y retirarse la bata.
— ¿Listo? —el médico indagó.
Ernesto suspiró profundo, su mirada se llenó de un gran brillo.
—Sí, doctor, me muero por dejar este l