Quizás sí.
Quizás, por fin, encontré un hombro en el cual llorar. Un lugar donde sentirme segura. Donde confiar.
Estoy recostada en su cama, aún con el cuerpo adolorido por esa noche tan oscura. Él me salvó… de mí misma. Me cargó en sus brazos, me llevó hasta su auto, y luego a su casa. Me alimentó, me ayudó incluso a ducharme.
Estaba rota. No dije una sola palabra desde ese “lo siento”. Solo me rendí al cansancio, y me dormí con él a mi lado. Cuando desperté, ya no estaba.
Escucho pasos ace