Esa misma tarde, mientras hacía un encargo especial de pan para un evento benéfico en el barrio, Sofía se encontró con un pequeño milagro en forma de panadería antigua. El local era diminuto, con un escaparate empañado por el vapor y el aroma inconfundible a masa madre y leña. Dentro, un anciano con manos enharinadas y ojos vivarachos sacaba hogazas de un horno de piedra. Era Fernando, el maestro panadero del que Pilar le había hablado en varias ocasiones, un referente en la tradición panadera