El silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Lorena y Larissa observaban la opulencia de la mansión Del Toro con la boca ligeramente abierta, mientras la sonrisa de Damián se volvía cada vez más tensa. Se sentía como el anfitrión de una cena familiar donde los invitados no se conocían, y la tensión, lejos de disiparse, crecía con cada segundo. Mariah, con su mirada de desprecio, no hacía más que empeorar la situación.
—¿Señoras? —intervino Paula, con una sonrisa genuina—. ¿Les