Casi se desmaya al verlo.
Su cara estaba cubierta de marcas y la sangre seca manchaba cada línea de los arañazos. Era un espectáculo aterrador. El dolor al tocarla con cuidado era insoportable.
Pensando en la expresión satisfecha de Rubí cuando la arañó, deseó poder destrozarla. Pero incluso aplastarla no disiparía su odio por Rubí.
¿Cómo se atrevía Rubí a tratarla con tal dureza?
No sabía si esas heridas dejarían cicatrices, pero estaba decidida a no dejar que esa perra se saliera con la suya.