Al ver la preocupación en el rostro de Rubí, Marcus extendió la mano, le tomó suavemente la mano y sonrió:
—No te preocupes, a mi madre le gustará lo que a mí me gusta. No tienes por qué preocuparte.
"¿En serio?"
—Bueno, me gustas, así que debes gustarle a ella —añadió Marcus.
Rubí vio que hablaba con sinceridad y confianza. Él no solo intentaba consolarla, así que asintió y dijo:
—Está bien, te creo.
Marcus soltó su mano, le acomodó suavemente el cabello y sonrió.
—¿Por qué te preocupas tanto