—¡Maldita sea! —exclamó Marcus al irrumpir en la habitación. Su mirada recorrió el caos en una fracción de segundo, pero sus ojos se clavaron en Rubí con desesperación—. ¿Rubí, estás bien?
Corrió hacia ella sin prestar atención a nada más. Se arrodilló junto a su cuerpo desfallecido y la alzó en sus brazos con una mezcla de ternura y urgencia. Su rostro, normalmente imperturbable, estaba ahora contraído por la preocupación y la culpa.
—Les haré pagar... —murmuró con rabia contenida—. Les haré p