Melisa soltó una risita. Dejó las tijeras sobre la mesa, tomó un pañuelo de seda y se limpió las manos con parsimonia antes de replicar con sorna:
—Señorita Gibson, ¡qué comentario tan absurdo! ¿No eres tú la que intenta llevar a otros a la ruina? ¿Cómo puedes comparar a mi hermano con el de Amelia?
Rubí bajó un instante la mirada y se burló con frialdad:
—Amenazaste a alguien para que cometiera un acto inmoral y así salvar a tu hermano. Pero ahora que es tu turno, ¿ya no lo soportas? ¿Acaso tu