Después de una pausa, Eva continuó:
—En realidad, siempre gozaste de buena salud desde que eras niña. Nunca estuviste hospitalizada y apenas te enfermabas de fiebre o resfriados. Por eso, tu padre y yo nunca supimos cuál era tu tipo de sangre. ¿Recuerdas que, antes del examen de ingreso a la universidad, tu escuela pidió un chequeo médico?
Rubí asintió.
—Lo recuerdo.
Eva suspiró.
—Fue en ese momento cuando descubrimos que tu tipo de sangre no coincidía con el de tu padre ni con el mío. Nos desc