Rubí frunció el ceño, confundida. Lo miró con desconfianza.
¿Por qué no me culpa? ¿Por qué no pregunta nada sobre la muerte de su madre?
Marcus sonrió suavemente. Acarició su cabeza con dulzura, un gesto que a Rubí siempre le resultaba encantador. Le sonrió con calidez y dijo:
—Si te cuesta decirlo, no te culpo. Hemos pasado por tanto... debería confiar en ti.
Marcus, guapo y sereno, la miraba con una dulzura tan intensa que parecía entender su secreto, pero no quería presionarla. Solo quería q