Una vez que la redactora, Sofía, se hubo retirado de la oficina, Alexander se hundió de nuevo en su silla de cuero, la mano apretada sobre el escritorio. Todo el enojo que contenía, la impotencia que lo consumía, explotó en un silencio atronador.
No se imaginaba que algo así pudiera pasar. Estaba realmente furioso por la situación y quería, con todo su corazón, poner orden de inmediato. Pero sabía que, ahora que esa noticia había salido a la luz, incluso si lograba aclararla, se convertiría en