Mientras tanto, de vuelta en Genesis, Alejandro estaba sentado detrás de su escritorio con una pila de archivos extendida frente a él. En la superficie parecía estar trabajando—pasando páginas, revisando informes y firmando documentos—pero su atención seguía desviándose hacia el reloj montado en la pared al otro lado de la oficina.
Eran casi las dos de la tarde, casi seis horas desde que Daniela había salido de la casa con esa sonrisa forzada en los labios y una clara expresión de determinación