Las palabras de Alejandro quedaron suspendidas en el aire entre ambos, densas y pesadas, muy similares al silencio que siguió después.
Daniela parpadeó una vez. Luego otra, y lentamente, su mirada descendió, posándose en la caja de terciopelo que descansaba en la palma de su mano.
Parecía discreta, pero inconfundiblemente cara—del tipo que no necesitaba adornos para anunciar su valor.
Del tipo que ella alguna vez creyó que pertenecía alrededor de su dedo, entregada por Bruno. Pero ahora…
Sus de