Una hora después de recibir la llamada del Instituto San Rodrigo, Alejandro regresó a su finca con Sebastian dormido contra su hombro.
El pequeño peso del niño se sentía familiar contra su hombro mientras avanzaba hacia su dormitorio.
Detrás de él, Pedro lo seguía en silencio, manteniendo sus pasos ligeros y la mirada fija en su jefe.
Desde que salieron de la escuela, el comportamiento de Alejandro no había sido el mismo. Naturalmente, Alejandro siempre había sido difícil de abordar, pero ese día parecía aún más inaccesible; incluso respirar de la forma equivocada se sentía arriesgado.
Pedro solo podía preguntarse qué había ocurrido en el despacho de la profesora.
Tras unos minutos recorriendo la casa, Alejandro llegó al dormitorio de Sebastian, su humilde refugio decorado con todo lo relacionado con la astronomía que uno pudiera imaginar, y dejó al niño dormido con cuidado sobre la cama.
Con una delicadeza ya acostumbrada, subió la manta hasta su cuello y se sentó a su lado, con los