Mía luchaba con todas sus fuerzas para desatar el nudo que le ataba la otra muñeca. Roran se había ido y por un breve instante la habían dejado sola. La música estridente impedía que cualquier persona de fuera escuchase alguna súplica de auxilio, además, no quería poner a nadie en peligro. Pedir ayuda implicaba involucrar humanos inocentes y lo que menos deseaba ella era arriesgar a alguien más como pasó con ese estudiante.
Las muñecas le escocían debido a que las cuerdas estaban bañadas en acó