Aún no había llegado a la habitación de Miranda cuando decenas de guardaespaldas me rodearon.
En cuanto me reconocieron, se pusieron en alerta.
—Señora, el señor Rosales nos ordenó que no permitiéramos bajo ninguna circunstancia que se acercara a la señorita Nava.
Entre los guardaespaldas alcancé a ver una foto de Gabriel y Miranda pegada en la puerta. Estaba rodeada por un corazón rosado y, debajo, unas letras de estilo infantil decían: "El castillo de Gabriel y Miranda".
Me obligué a esbozar una sonrisa fría.
—Qué infantil.
Yo también le había rogado a Gabriel que se tomara una foto así conmigo, pero él siempre respondía que era el presidente de una empresa que cotizaba en bolsa y que no podía hacer algo tan ridículo.
No era que no pudiera hacerlo. Simplemente no quería hacerlo conmigo.
Me llevé una mano al pecho, que seguía doliéndome, y respiré hondo.
—Apártense. Ya saben que, cuando pierdo el control, soy capaz de cualquier cosa.
Saqué el cúter que llevaba conmigo. Solo pretendía asustarlos, pero uno de los guardaespaldas se abalanzó sobre mí de inmediato y me derribó.
Varios hombres me sujetaron con tanta fuerza que no podía moverme.
—Lo siento. El señor Rosales ordenó que la contuviéramos en cuanto mostrara señales de una crisis.
Otro guardaespaldas sacó su radio.
—¡Señor Rosales, su esposa está aquí! Trajo un arma blanca.
Antes de que terminara, la voz furiosa de Gabriel sonó al otro lado.
—¡Pues contrólenla de una vez! ¿Y si lastima a Miranda?
Dejé de forcejear.
—Ya está inmovilizada —informó el guardaespaldas—. ¿La llevamos de regreso a casa o la mantenemos bajo vigilancia aquí?
Por la radio se hizo un breve silencio. Finalmente, oí a Gabriel suspirar.
—Ninguna de las dos. Tráiganla.
Me quitaron el cúter, aunque durante el forcejeo la hoja alcanzó a cortarme la muñeca.
Cuando me llevaron a la habitación, la sangre seguía goteando. Me mordí el labio para contener las lágrimas, pero, en cuanto crucé la puerta, me quedé paralizada.
La luz del atardecer atravesaba las cortinas translúcidas y bañaba una mecedora situada en el balcón. En la mesa había una taza de café y un libro abierto. Desde un tocadiscos antiguo, en una esquina, sonaba el jazz que tanto le gustaba a Gabriel.
Aquello parecía un hogar.
Era el lugar que yo misma había diseñado.
Antes de casarnos, había dibujado cada detalle siguiendo los gustos de ambos. Sin embargo, Gabriel dijo que no quería que me esforzara demasiado y contrató a un equipo para decorar nuestra casa con un estilo completamente diferente.
Ahora, la casa de mis sueños estaba delante de mí.
Solo que Gabriel la compartía con otra mujer.
—Viniste.
La voz de Gabriel sonó a mi espalda.
Me volví, todavía conmocionada, y lo oí decir:
—A Miranda siempre le gustó este diseño, así que mandé decorar este lugar para ella. No te molesta, ¿verdad?
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Tú qué crees?
Gabriel pareció entender.
—Entonces destrózalo. Si eso te hace feliz.
Su mirada pasó fugazmente por mi muñeca ensangrentada. Lo único que vi en sus ojos fue desprecio.
—Yo ya estoy acostumbrado. Miranda también.
Después miró por la ventana con tanta serenidad que parecía estar diciéndome: Mira, Carolina, qué hermoso está el atardecer.
Seguí la dirección de su mirada. Un arcoíris había aparecido en el cielo después de la lluvia.
—¡Gabriel! Ven a jugar conmigo.
La voz de Miranda se apagó en cuanto me vio. La consola se le cayó de las manos.
Se cubrió la cabeza y empezó a gritar desesperadamente.
—¡No! ¡No me quites la ropa! ¡No mates a mi bebé! ¡Soy una cualquiera! ¡Soy la otra! ¡Me equivoqué, por favor! ¡No volveré a hacerlo!
Gabriel cruzó la habitación en pocos pasos y la estrechó entre sus brazos.
—Tranquila, tranquila. No tengas miedo. Estoy aquí. Nadie volverá a hacerte daño.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, me miraba directamente a mí. No intentaba ocultar su odio.
De pronto, me eché a reír entre lágrimas.
Durante un instante quise abalanzarme sobre Miranda, sujetarla y lanzarnos juntas desde el balcón.
Pero la poca razón que aún me quedaba me recordó que no valía la pena.
Hundí las uñas en las palmas y conseguí contener aquel impulso.
—Miranda, deja de fingir.