Fruncí el ceño al mirar al hombre que tenía delante.
No quedaba en él ni rastro del empresario implacable y decidido que había dominado el mercado años atrás.
Ahora, Gabriel parecía consumido por el alcohol.
Retrocedí para mantener la distancia.
—Señor Rosales, ¿necesita algo más?
—Quédate, por favor. ¡Vuelve conmigo! Sé que me equivoqué. ¡De verdad lo sé! Te daré todo lo que me queda, pero quédate.
Las personas que nos rodeaban empezaron a observarnos y a murmurar. Muchos de ellos habían entrad