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Mis Cuatro Papás Me Mataron

Mis Cuatro Papás Me MataronES

Cuento corto · Cuentos Cortos
Rebeca Segovia  Completo
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Resumen
Índice

Mi mamá era una transmigradora con un sistema de conquista. Cuando cumplió su misión, dejó este mundo y me dejó con cuatro papás. Mi primer papá era un magnate tan rico que parecía capaz de comprarlo todo. Mi segundo papá, un actor premiado y famoso en todo el país. Mi tercer papá, un médico de talento excepcional. Y mi cuarto papá, un hombre con enorme poder e influencia. Durante dieciséis años, mis cuatro papás me consintieron como si fuera un tesoro. Me bajaban la luna y las estrellas. Pero todo cambió hace tres años, cuando regresó Elsa Salazar, la hija de la mujer que había sido el gran amor de los cuatro. Desde ese día, dejaron de creer en mí y solo le creían a ella. Cuando Elsa dijo que yo la trataba peor que a un perro y que no merecía vivir en esa casa, mis papás me obligaron a comer comida para perros y a dormir en una jaula. Cuando dijo que había llevado a mis compañeros de la escuela para acosarla, me sacaron de la escuela y contrataron a tres matones para que fueran a la casa a golpearme durante tres meses. Y cuando Elsa volvió a acusarme de haberla empujado, me encerraron en una jaula para perros, sin comida durante tres días y tres noches, para que aprendiera a portarme bien. Cuando estaba a punto de morir de hambre, escuché la voz de mi mamá. —Brenda, ¿quieres volver con mamá?

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Capítulo 1

Capítulo 1

Desperté de golpe.

Fue entonces cuando descubrí que quien me hablaba no era mi mamá, sino el sistema.

Me dijo que, cuando mamá se fue, me había dejado una oportunidad. Si yo quería, podía ir al mundo donde ella estaba.

Por supuesto que quería. Pero justo cuando estaba a punto de responder, me contuve.

Le pregunté al sistema:

[¿Estar al lado de mamá sería mejor que estar aquí? Si ella me amaba, ¿por qué no me llevó con ella desde el principio?]

El sistema me contó que mamá había aceptado aquella misión de conquista porque mi abuela estaba gravemente enferma. Quería salvarla, y por eso vino a este mundo.

En su mundo, ella apenas estaba en segundo año de la universidad. Para salvar a mi abuela, había gastado todos sus ahorros, y su familia todavía estaba endeudada.

En aquel entonces, mis cuatro papás le prometieron que, sin importar quién fuera mi papá biológico, me tratarían como si fuera su propia hija. Solo le pidieron que les dejara un recuerdo suyo.

Mamá no quería que yo sufriera con ella, así que me dejó aquí.

El sistema dijo con una voz tan suave como una caricia:

[Brenda, tu mamá ha estado esperándote todos estos años. No salió con nadie, no se casó, compró una casita y siguió esperándote. ¿Quieres ir a buscarla?]

Asentí.

El sistema me dijo que, en cuanto este cuerpo muriera, podría ver a mamá.

Al oír eso, me quité una camiseta y la até a los barrotes de la jaula.

Lo había visto en la televisión y creí que funcionaría. Si metía la cabeza y dejaba caer mi peso, moriría.

Por suerte, la jaula para perros era bastante grande, y yo era lo bastante pequeña como para intentarlo.

Después de meter la cabeza, pronto sentí que la prenda me apretaba el cuello. Mi conciencia empezó a nublarse, pero yo me sentía feliz. Ya casi iba a ver a mamá.

Pero mi alegría apenas duró unos segundos: enseguida escuché que alguien gritaba mi nombre.

La jaula se abrió y alguien me bajó.

Cuando volví a respirar, levanté la cabeza y me encontré con una mirada llena de pánico.

—Papá.

Se me escapó por instinto.

Muy pronto me arrepentí. Porque, al escucharlo, el pánico en los ojos de Castel Díaz fue reemplazado por asco.

—No me llames así. ¡No te lo mereces!

De mis cuatro papás, Castel era quien más me había mimado.

Mucha gente pensaba que él era mi papá biológico, porque teníamos los ojos muy parecidos.

Durante todos estos años, viví en su mansión.

Bastaba con que se me antojara algo para que él me lo comprara.

Pero todo ese cariño terminó hace tres años.

Castel trajo a Elsa del extranjero.

Solo entonces supe que, antes de mi mamá, ellos cuatro también habían amado a la misma mujer.

Esa mujer los traicionó a los cuatro, se llevó una gran suma de dinero y se fue al extranjero.

Fue mamá quien apareció para salvarlos y ayudarlos a salir poco a poco de aquel golpe.

Tiempo después, cuando supuestamente esa mujer estaba por morir en el extranjero, alguien llamó a Castel para disculparse en su nombre y le rogó que adoptara a Elsa.

Mis cuatro papás dijeron que Elsa era un poco menor que yo y me pidieron que me llevara bien con ella.

Yo de verdad la traté como una hermana menor.

Pero desde el principio, Elsa quiso arrebatarme todo el cariño de mis papás. A veces, le aparecían heridas de la nada y decía que yo la había golpeado.

Otras veces se caía de pronto por las escaleras y decía que yo la había empujado.

Cuantas más veces decía que yo la lastimaba, más se decepcionaban mis papás de mí.

Hasta aquella vez en que más de diez pandilleros acorralaron a Elsa en un callejón y supuestamente abusaron de ella.

Cuando atraparon a esos pandilleros, todos dijeron que yo los había mandado.

No tuve forma de defenderme.

Desde ese día, pasé a ser la culpable de todo en esta casa.

Mis cuatro papás no me permitieron volver a llamarlos papá. También me sacaron de mi habitación de princesa y me mandaron a vivir en una jaula para perros.

Todo el personal de servicio me insultaba y me llamaba asesina. Los golpes, los insultos y el hambre se volvieron parte de mi vida diaria.

Al pensar en eso, bajé la cabeza de inmediato y me disculpé.

—Lo siento, señor Díaz.

Aun así, Castel no parecía dispuesto a dejarlo pasar.

—¿Qué crees que estás haciendo? ¿Intentas suicidarte? ¿Quieres llamar la atención a propósito? Pero ¿de verdad eres tan tonta? Vienes a fingir que intentas suicidarte en un lugar como este. Con lo mal que huele aquí, aunque tu cadáver empezara a pudrirse, nadie se daría cuenta.

Así que él creía que yo estaba actuando.

No discutí con él. Solo pregunté, confundida:

—Señor Díaz, ¿por qué vino aquí? ¿No era usted un maniático de la limpieza?

Castel frunció el ceño.

—Esta es mi casa. Voy adonde se me dé la gana. Vine para advertirte que hoy es el cumpleaños de Elsa. No le causes problemas. Al menos no se te ocurra morirte aquí.

Asentí obedientemente.

Así que me había salvado porque no quería que muriera en la mansión y arruinara el día de Elsa.

Entonces moriría en otro lugar.

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