Una Llamada del Futuro Salvó Mi Vida
Una Llamada del Futuro Salvó Mi Vida
Por: Patricia Castañeda
Capítulo 1
Me quedé paralizada.

—¿Y te lo creíste?

—Me dijo que incendiarías la casa con Miranda dentro.

Alzó la mirada hacia mí. En sus ojos solo había una desesperación insondable.

—No pienso correr ese riesgo. Viviremos así el resto de nuestras vidas.

No supe qué responder.

No volvió a mencionar el divorcio, pero en cada palabra se notaba cuánto me odiaba. Su mirada apagada me dolió más que cualquier reproche.

No se había arrepentido ni había recapacitado.

Tenía miedo y se había resignado.

Pero, de pronto, yo ya no quería seguir viviendo de aquel modo.

***

Al verme inmóvil, no intentó consolarme como solía hacerlo. Se puso el abrigo con calma y me detalló su itinerario con absoluta seriedad.

—Llegaré a la empresa a las dos. A las tres tengo una reunión que durará dos horas.

Ya se alejaba cuando se volvió de repente.

—Durante ese tiempo no podré responder llamadas ni videollamadas. Si no me crees, puedes esperarme afuera.

Pronunció cada palabra con un tono cauteloso y distante.

Antes de que pudiera reaccionar, ya había cerrado la puerta del auto.

Mientras veía alejarse el auto, las lágrimas empezaron a caer.

El día que descubrí que Gabriel era infiel, perdí por completo la razón.

Todos los días le frotaba el cuerpo con desinfectante y lo examinaba de pies a cabeza con una lámpara ultravioleta. Si encontraba un solo cabello largo, obligaba histéricamente a todas las empleadas de la empresa a someterse a pruebas de ADN.

Él insistía en que los habían drogado para tenderles una trampa. Incluso me enseñó las grabaciones de seguridad y los análisis de sangre, pero yo era incapaz de aceptar su traición.

Todo cambió el día en que puso, por primera vez, un acuerdo de divorcio delante de mí.

—Estoy dispuesto a darte el ochenta por ciento de mis bienes. Divorciémonos. Ya no puedo seguir viviendo así.

Aquella noche subí por primera vez a la azotea.

Él corrió como un loco, me apartó del borde y, abrazándome con fuerza, gritó al borde del colapso:

—¡Me equivoqué! Castígame, hazme lo que quieras, pero no vuelvas a lastimarte. Sin ti, me moriría.

Entonces, ¿por qué el hombre que decía no poder vivir sin mí terminó rogándome una y otra vez que aceptara su relación con Miranda?

Volvía a llover.

Llevaba un paraguas en la mano, pero había olvidado abrirlo.

Quizá Gabriel me había consentido demasiado. Durante aquellos diez años, me acostumbré a que me llevara y me recogiera en auto, a que sostuviera el paraguas mientras yo iba de compras.

Incluso cuando íbamos a una zona de acceso restringido, encontraba la manera de que nos permitieran entrar en auto y estacionar frente a la tienda a la que yo quería ir.

De repente, todo aquello había desaparecido y sentí un vacío helado en el pecho.

Ni siquiera podía distinguir si lo que me empapaba el rostro era la lluvia o mis lágrimas.

Cuando regresé a casa, empecé a tener fiebre.

Entre sueños, sentí que Gabriel permanecía a mi lado. Me refrescaba el cuerpo con paños húmedos y me tomaba la temperatura cada quince minutos.

Uno de sus asistentes lo llamó para insistirle en que acudiera a una reunión, pero él le gritó que se fuera al diablo.

Se ponía así cada vez que yo enfermaba.

Su mano cálida envolvía la mía, pero mi cuerpo no dejaba de temblar.

El celular volvió a sonar. Él se negaba a responder, pero el timbre era tan molesto que terminé abriendo los ojos.

No había nadie a mi lado.

Era mi propio celular el que sonaba.

Gabriel nunca había estado allí.

Tragué con dificultad, notando un sabor metálico en la boca, y respondí.

—Señora, el señor Rosales no llegó a la oficina hoy.

Me quedé inmóvil.

El detective privado que yo había contratado continuó:

—Fue directamente al Centro Privado de Recuperación Monteverde. Lleva allí más de dos horas y todavía no ha salido.

Miranda estaba alojada allí.

Las palabras que Gabriel había pronunciado antes de irse volvieron a resonar en mis oídos.

—Si no me crees, puedes esperarme afuera.

¿Por qué estaba tan seguro de que yo no iría?

Decía lo mismo cada vez que me informaba de su agenda. Yo nunca le creía y siempre iba a esperarlo.

Desde que descubrí su infidelidad, aquella había sido la única vez que decidí confiar en él.

Y, una vez más, me había equivocado.

Miré la hora. Ya eran las seis.

Normalmente, regresaba a casa a las cinco y media en punto.

Como no pensaba volver, iría a buscarlo.

Todas las veces anteriores que lo había hecho, él terminaba poniéndome delante un acuerdo de divorcio.

Esta vez, yo ya había firmado uno por iniciativa propia.

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