—¿Hablas en serio?
Gabriel se estremeció y me miró con incredulidad.
—Por supuesto.
Aparté el rostro y continué con indiferencia:
—Tenía miedo de que te divorciaras de mí, así que inventé aquella mentira para engañarte.
Vaciló, todavía desconfiado.
—Pero esa persona conocía cada detalle de mi vida desde que era niño.
Solté una risa suave.
—Porque yo te conozco muy bien. Sabía exactamente qué decir para asustarte y conseguir lo que quería.
Gabriel guardó silencio.
Frunció el ceño y se quedó mirándome fijamente, como si intentara descubrir qué estaba pensando.
Apoyé la frente contra el suelo para que no notara lo difícil que me resultaba mantener la compostura.
Después de todo, aquella era la primera vez que le mentía desde que nos conocíamos.
Tal vez aquella llamada del futuro era real, tal vez algún día se arrepentiría amargamente de todo.
Pero yo ya estaba cansada.
Respiré hondo, levanté la cabeza y adopté un aire arrogante.
—¿Ya lo decidiste? ¿Firmarás o no? Es ahora o nunca.
Gabriel me dio una bofetada tan fuerte que me hizo girar el rostro.
—Puedes hacer todos los escándalos que quieras, pero con esto cruzaste la línea. De verdad estás loca.
Hizo una seña a uno de sus asistentes.
—Imprime otro acuerdo de divorcio. Lo firmaremos ahora mismo.
Creí que Gabriel ya no podría volver a hacerme daño, pero el dolor seguía ahí, intacto.
Poco después, el asistente regresó con un nuevo acuerdo.
Una vez que ambos firmamos el acuerdo, Gabriel me lo arrojó a la cara.
—Recibirás la mitad de mis bienes. No te faltará un solo centavo. Pero recuerda esto: a partir de hoy, no quiero volver a verte.
Los guardaespaldas finalmente me soltaron.
Me levanté del suelo como pude, recogí el acuerdo y me marché.
En el camino de regreso volvió a llover.
El aguacero me empapó en cuestión de segundos, pero nunca me había sentido tan lúcida.
Mi celular sonó de repente. Era un número desconocido.
—Carolina, soy tú dentro de diez años. ¡Tienes que divorciarte de Gabriel! Pero no hagas ninguna locura. No te lastimes y, sobre todo, no provoques ningún incendio. Si lo haces, Gabriel te hará la vida imposible para siempre.
Me quedé en silencio un par de segundos.
—Ya firmamos el acuerdo de divorcio. Tampoco volveré a hacer ninguna locura.
Mi yo del futuro soltó un suspiro de alivio.
—Entonces puedo quedarme tranquila. Cuídate y vive tu propia vida.
La llamada terminó.
Asentí, aunque nadie pudiera verme.
Las dos llamadas del futuro apuntaban a desenlaces distintos para Gabriel y para mí.
Ya no quería averiguar cuál de ellas era verdadera.
Había pasado demasiado tiempo viviendo en un miedo constante.
Cuando regresé a casa, empecé a empacar. Unas cuantas prendas viejas y mis documentos personales eran todo lo que podía llamar mío después de tantos años.
Sin embargo, el retrato pintado de los dos que descansaba sobre la mesa de noche seguía resultándome insoportable.
Gabriel decía que no le gustaban las fotografías. En diez años de matrimonio, ni siquiera nos habíamos tomado fotos de boda.
En cambio, las paredes de la habitación de Miranda estaban cubiertas de fotos de ambos: practicando surf en la playa, contemplando la nieve al atardecer… Parecía que habían recorrido juntos el mundo entero.
Él y yo, en cambio, parecíamos dos extraños dentro de aquel retrato: estábamos uno al lado del otro, pero a mundos de distancia.
Rompí el marco, rasgué el retrato por la mitad y me llevé la parte en la que aparecía yo.
Apenas llegué al aeropuerto, mi celular volvió a sonar.
Era Gabriel.
Rechacé la llamada. Él insistió y yo volví a colgar.
Al final, empezó a enviarme mensajes de WhatsApp uno tras otro.
"¡Nunca te conté cómo me hice la cicatriz que tengo en la planta del pie!"
"¿La llamada era real?"
"¡Me mentiste! ¡Tú nunca me habías mentido!"
"¿Dónde estás?"
Apagué el celular y me abroché el cinturón.
Antes de ir al aeropuerto, había llamado a papá. Su avión privado ya me llevaba hacia otra ciudad, una en la que no llovía.