Capítulo 3
Miranda se estremeció y agachó todavía más la cabeza.

—N-no sé de qué estás hablando.

Solté una risa amarga.

—No intentes engañarme. Sé muy bien cómo se manifiesta el trastorno de estrés postraumático, y tu reacción no me convence.

Gabriel se levantó y se interpuso frente a ella como un muro.

—¡Basta! Si tienes algo que reclamar, hazlo conmigo. Deja de creer que lo sabes todo. No permitiré que vuelvas a difamarla.

Claro que lo sabía.

Yo padecía aquel trastorno desde hacía más de diez años, a raíz de haber presenciado la muerte de mi madre.

Cada vez que recordaba la sangre extendiéndose bajo su cuerpo, no podía dejar de vomitar, llorar y lastimarme.

Nunca le había contado a nadie que mi madre se había arrojado de un edificio porque mi padre se había enamorado de otra mujer.

Por eso juré que jamás me casaría.

Sin embargo, Gabriel juró por el futuro del Grupo Rosales y por su propia vida que nunca me traicionaría.

Creí que, a su lado, no repetiría la tragedia de mi madre, pero acabé siguiendo el mismo camino: primero empecé a reclamarle de manera obsesiva y después terminé destruyendo todo a mi alrededor.

Ya no quería vivir así.

Metí la mano en el bolso para sacar el acuerdo de divorcio que había firmado.

La expresión de Gabriel cambió de inmediato.

—¿Qué estás haciendo?

Se volvió hacia los guardaespaldas.

—¡Sujétenla!

Antes de que pudiera sacar la mano, volvieron a derribarme con brutalidad.

Gabriel se acercó y apartó mi bolso de una patada. El bolso cayó al suelo con un golpe seco.

—¡Mientras yo siga vivo, no volverás a ponerle un dedo encima!

Contemplé aquellos ojos llenos de miedo y furia.

Recordé una noche en que se levantó en secreto mientras yo dormía. Creí que intentaba visitar otra vez a Miranda, así que lo seguí.

Lo oí preguntarle a alguien por teléfono si, dentro de diez años, yo volvería a perder la razón y si bastaría con que él siguiera vivo para proteger a Miranda.

En aquel momento no entendí de qué hablaba.

Ahora sí.

Aquella era la llamada del futuro que había mencionado.

De verdad me tenía miedo.

Sin importar lo que hiciera, siempre asumiría que pretendía lastimar a Miranda.

Tenía la mejilla pegada al suelo de mármol. El frío me calaba la piel.

Sonreí con amargura.

—En el bolso está el acuerdo de divorcio. Ya lo firmé.

Gabriel abrió el bolso con desconfianza. En cuanto encontró el documento, le echó un vistazo y lo hizo pedazos.

—¡Ya te dije que no voy a divorciarme!

Lo observé con calma.

—¿Solo por esa llamada?

Miranda tiró de la manga de su camisa.

—¿Qué llamada?

—No es nada.

—Pero me prometiste que formaríamos un hogar.

Él apretó los puños.

—No hagas tantas preguntas. Todo esto es por tu bien, ¿entiendes?

Los ojos de Miranda se llenaron de lágrimas.

Gabriel se las secó con ternura.

—Puedo darte todo, menos convertirte en mi esposa.

Aquellas palabras también estaban dirigidas a mí.

A ella podía darle todo, excepto el título de esposa; a mí solo me dejaba ese título, sin darme nada más.

—Firma tranquilo. No voy a quemarla viva. Yo organicé aquella llamada y contraté a alguien para que usara un modulador de voz.

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