Estaba "comprometido". La palabra le sabía a ceniza. Sacó el teléfono de su bolsillo, la pantalla iluminando sus facciones endurecidas en la penumbra del estudio. Sabía que no debía, que era tarde y que mañana la vería en la oficina, pero la necesidad de escuchar su voz —una voz que no estuviera cargada de exigencias dinásticas— fue más fuerte que su disciplina.
Marcó el número. El tono de llamada resonó tres veces en el auricular. Daniel se preparó para saludar, para escuchar el tono suave y