En los siguientes dos días, Victoria había evitado un poco a Daniel, aunque no por completo. Habían aprendido a coexistir en los espacios comunes compartiendo solo monosílabos y cortesías obligadas, arrastrando una distancia invisible que se volvía cada vez más pesada de sostener.
Esa tercera noche tampoco había sido diferente a las anteriores.
Victoria permaneció la mayor parte del trayecto con la mirada perdida, observando fijamente el paisaje nocturno a través de la ventanilla lateral. El