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La mañana siguiente, el edificio de Obsidian Global se alzaba como una promesa de poder en medio del caos de la ciudad. Victoria Rivera entró apresurada; sus tacones resonaban sobre el mármol del vestíbulo con la urgencia de quien lleva el peso de un apellido caído sobre los hombros. Tenía cinco minutos para llegar al piso veinticinco. Cinco minutos para fingir que no era la misma mujer que anoche casi cae en las redes de Mateo Villalba.

Al llegar a los ascensores, las puertas de acero inoxidable comenzaban a cerrarse.

—¡Por favor, deténgalo! —exclamó, lanzándose hacia adelante.

Una mano de dedos largos y firmes se interpuso, obligando a los sensores a retroceder. Victoria entró jadeando, con una hebra de cabello castaño cayendo sobre su rostro.

—Gracias… de verdad —logró decir, recuperando el aire.

El hombre, que mantenía la vista al frente, respondió con una voz que le heló la sangre. Era una barítono profundo, cargado de una arrogancia natural.

—A la próxima, podrías salir más temprano de casa. El tiempo de Obsidian es oro.

Victoria frunció el ceño. Estaba cansada, estresada y no iba a permitir que un extraño —por muy bien que le sentara el traje— la pisoteara.

—Y usted podría aprender a aceptar las gracias sin sarcasmo —replicó ella, enderezando la espalda—. El ascensor no es un juzgado.

Él giró ligeramente el rostro. Daniel Meléndez la evaluó con una intensidad que la hizo sentir desnuda. La reconoció al instante. Era ella. La mujer del club. La que miraba a Mateo con anhelo. Pero aquí, bajo las luces blancas de la oficina, no parecía una presa indefensa, sino una mujer con agallas.

—Cobro por miradas insistentes —soltó él, al notar que ella no apartaba la vista.

Victoria soltó una risa seca, sin dejarse intimidar por la mandíbula marcada y los ojos gélidos del desconocido.

—De cualquier manera, no es tan guapo como para que valga la pena el gasto.

Daniel levantó una ceja, genuinamente divertido. Nadie en ese edificio, ni en el país, se atrevía a hablarle así. Antes de que pudiera responder, las puertas se abrieron en el piso veinticinco. Victoria salió disparada, sin mirar atrás.

Diez minutos después, Victoria estaba en la cabecera de la sala de juntas, proyectando los gráficos del proyecto de hotelería de lujo. Estaba en su elemento, destilando inteligencia.

—Obsidian no sigue tendencias. Las crea —sentenció ella con orgullo.

—Una afirmación muy audaz para un proyecto que tiene lagunas en el retorno de inversión —interrumpió una voz desde el fondo.

Victoria apretó los dientes. Era él. El hombre del ascensor estaba sentado en el lugar destinado al Director General. ¿Quién se cree que es?, pensó ella. Durante una hora, él la bombardeó con preguntas letales. Victoria respondió cada una con la precisión de un cirujano, ganándose miradas de asombro de los demás ejecutivos, quienes parecían estar esperando que ella fuera despedida en ese mismo instante.

Cuando la sesión terminó, Victoria recogió sus notas con manos temblorosas por la furia contenida. Salió de la sala, pero antes de llegar al pasillo, una mano firme la sostuvo por el brazo y la empujó contra la pared de cristal.

—No me gusta que me cuestionen en las juntas. Y menos una empleada que llega tarde —gruñó Daniel, acorralándola con su cuerpo.

—Si no es capaz de aceptar ideas distintas, tal vez no debería estar trabajando aquí —siseó ella, intentando zafarse—. ¿Quién es usted? ¿Un consultor nuevo con complejo de superioridad?

Daniel soltó una carcajada oscura, acercando su rostro al de ella hasta que Victoria pudo oler el sándalo y el café de su aliento.

—¿Consultor? —Daniel la miró con una mezcla de deseo y desprecio—. ¿De verdad no sabes con quién estás hablando? —preguntó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.

Victoria rodó los ojos y lo miró con un desprecio que lo dejó mudo.

—No. Y no me interesa. Ahora, si me disculpa, tengo cosas más importantes que hacer que inflar su ego.

Lo empujó con fuerza y caminó hacia el ascensor sin mirar atrás. Daniel se quedó allí, observándola.

—¿Quién es ella? —le preguntó a su asistente, que aparecía por el pasillo.

—Es la Directora de Estrategia Internacional, señor. Se llama...

—No me digas su nombre —lo interrumpió Daniel, con una sonrisa oscura—. Quiero averiguarlo yo mismo.

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