Mundo de ficçãoIniciar sessão
El humo de la discoteca y el bajo retumbando en las paredes eran el último lugar donde Victoria quería estar. Mientras Estefany la arrastraba hacia la barra, Victoria se ajustó el vestido negro que, aunque sencillo, se pegaba a sus curvas con una elegancia que su situación económica actual no podía ocultar.
—¡Solo una noche, Vic! —gritó Estefany sobre la música—. ¡Obsidian Global no se va a hundir porque su Directora de Estrategia se tome un tequila! Victoria sonrió a medias. Nadie en ese club sabía que la mujer que movía los hilos internacionales de la empresa más poderosa del país era la misma que esa mañana había tenido que contar cada peso para pagar las deudas de la mansión en ruinas de su padre. Entonces, lo vio. En un reservado VIP, rodeado de modelos y botellas de cristal tallado, estaba Mateo Villalba. El hombre que había protagonizado sus sueños de universitaria y sus peores pesadillas de adulta. Mateo se dio la vuelta y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Él la reconoció al instante. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro; sabía exactamente quién era ella: la princesa caída del imperio Rivera. —Victoria… —murmuró Mateo cuando llegó a su lado, ignorando por completo a Estefany. Su voz era seda y veneno—. No sabía que las herederas frecuentaban estos sitios. Victoria sintió el viejo y conocido vuelco en el corazón. Mateo la atrajo hacia él, iniciando una charla cargada de una falsa nostalgia que ella quería creer desesperadamente. No se dio cuenta de que, desde la zona más alta y oscura del club, un par de ojos gélidos los observaban. Daniel Meléndez apretó el vaso de whisky en su mano hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Acababa de aterrizar en el país hacía apenas tres horas y lo primero que veía era a Mateo Villalba, el hombre que le arrebató su pasado, intentando seducir a una mujer que parecía demasiado brillante para un tipo como él. Daniel no sabía el nombre de la chica. Solo sabía que era hermosa, que miraba a Mateo con una mezcla de anhelo y dolor, y que por alguna razón, verla con su enemigo le provocaba una furia irracional. —¿Quién es ella? —preguntó Daniel con voz ronca a su asistente. —No lo sé, señor Meléndez. ¿Quiere que lo averigüe? —No hace falta —respondió Daniel, sin apartar la vista de la nuca de Victoria—. Si Mateo la quiere, yo la tendré primero. Mañana quiero su perfil en mi escritorio. Abajo, Mateo se acercó lo suficiente para que Victoria pudiera oler su perfume, una fragancia amaderada que la transportó directamente a los pasillos de la universidad. Él la tomó suavemente del brazo, apartándola un poco del ruido de la barra donde Estefany ya pedía la segunda ronda. —Mírate, Victoria. Los años te han sentado de maravilla, aunque pareces haber cambiado las perlas por algo un poco más... afilado —dijo Mateo, recorriéndola con una mirada que ella sintió como una caricia y una advertencia al mismo tiempo. Victoria se obligó a no retroceder. Su corazón latía con una fuerza traicionera. —El mundo no se detiene, Mateo. Ni siquiera para los Rivera —respondió ella, tratando de mantener la voz firme—. Escuché que ahora llevas las riendas de la constructora Villalba. Felicidades. Mateo soltó una risa seca, sin soltar su brazo. —Alguien tiene que mantener el orden. Pero hablemos de ti. Desapareciste. Algunos decían que seguías en el extranjero, otros que te habías escondido tras la quiebra de tu padre. Me decepcionó que no me buscaras, Vic. Sabes que siempre tuve una debilidad por ti. Victoria sintió un nudo en la garganta. Recordaba perfectamente cómo él la ignoraba cuando ella era una estudiante ilusionada, y cómo esa "debilidad" solo aparecía cuando él quería algo. —No me escondo de nadie, Mateo. Trabajo duro —dijo ella, omitiendo deliberadamente el nombre de Obsidian Global. —Mi padre está pasando por un momento difícil, eso es todo. —Lo sé. El viejo Rivera perdió el toque —Mateo se inclinó más, rozando su oído—. Pero tú... tú siempre fuiste el verdadero diamante de esa familia. Si alguna vez necesitas que alguien te recuerde lo que se siente estar en la cima, solo tienes que llamarme. Mi número no ha cambiado. Victoria lo miró a los ojos, sintiendo esa mezcla de atracción y desconfianza que siempre la había confundido. —¿Por qué me ayudas ahora, Mateo? Antes ni siquiera me dabas la hora. Mateo sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos. —Porque antes eras una niña protegida. Ahora eres una mujer que sabe lo que es perder. Y eso te hace mucho más... interesante. Mientras tanto, en la penumbra del reservado superior, Daniel Meléndez observaba la escena como un halcón. No podía escuchar lo que decían, pero veía la mano de Mateo en el brazo de Victoria y la forma en que ella bajaba la guardia. —Míralo —gruñó Daniel a su asistente—. Villalba cree que puede cazar en mi territorio. —Señor, esa mujer no parece ser una de las habituales de Mateo —comentó el asistente. —No me importa quién sea —sentenció Daniel, dejando el vaso vacío con un golpe seco—. Mañana regresa a su realidad, sea cual sea. Y si Mateo puso sus ojos en ella, yo me encargaré de que se arrepienta. Ninguna mujer vuelve a mirar a un Villalba después de haber probado lo que yo puedo ofrecer.






