La luz de la mañana se sentía como un castigo para los ojos de Victoria. Casi no había dormido; su mente había sido un campo de batalla entre la dulzura de Mateo y la intensidad eléctrica de Daniel. "La próxima vez que vuelvas, que sea por tu voluntad". Las palabras de Meléndez se repetían en su cabeza como un mantra irritante mientras se aplicaba corrector para ocultar las ojeras.
Decidió que, si iba a enfrentar a su verdugo, lo haría con su mejor armadura. Se enfundó en un vestido sastre az