Daniel soltó un suspiro largo, una exhalación pesada que vibró contra la piel de ella. Porque sí sabía. Lo sabía perfectamente. Sabía con total lucidez que ella no estaba hablando en ese momento de la academia de boxeo, ni de los entrenamientos a sus espaldas, ni de la enconada discusión que habían tenido en el automóvil blindado. Estaba hablando del silencio helado de las mañanas. De la distancia insoportable que se abría entre ambos en el comedor. De ellos dos y del abismo que creaban cuando