Victoria miró a Daniel con una pequeña sonrisa difícil de ocultar. Había algo que le gustaba especialmente de él: la forma en que podía dejar a las personas sin palabras, desarmando imperios enteros con una sola frase, sin necesidad de levantar la voz.
Aprovechando el desconcierto general que Daniel había sembrado en la mesa, Victoria dio el paso definitivo para dar por terminada la velada.
—Bueno… nosotros tenemos que irnos.
Daniel asintió apenas antes de colocar una mano firme sobre la