La mansión de la familia Garza permanecía bajo un silencio sepulcral cuando Daniel llegó, entrada ya la madrugada. Los empleados apenas tuvieron tiempo de procesar su presencia antes de que él atravesara el vestíbulo con una determinación gélida.
—Joven Meléndez —saludó el señor Garza, rompiendo la quietud del lugar—. ¿Qué lo trae por aquí?
Daniel aceptó el saludo formal, pero su mente estaba en otro sitio.
—Señor Garza, vengo a buscar a un hombre. Supe que se estaba quedando aquí.
—Bus