Dos días después de la compra del vestido, la mansión Meléndez se sentía como un escenario de guerra fría. Daniel había regresado a su frialdad habitual, un muro de indiferencia tras el cual se protegía de todo y de todos. Para Victoria, la convivencia era un ejercicio de observación dolorosa: ver a Isabel llegar a diario, cargada de bolsas de marcas de lujo y escoltada por su guardaespaldas, se había vuelto una constante. Y lo peor no eran las visitas, sino las veces que Daniel llegaba junto a