Una semana después del incidente del callejón, el comedor de la mansión Meléndez recuperaba una tensa normalidad. El tintineo de la platería era el único sonido que llenaba el espacio hasta que Adele, sentada con su habitual elegancia soberana, rompió el hielo.
—Hablé con tu abuelo —soltó Adele, su mirada fija en Daniel.
Él no levantó la vista del plato. La relación con Arturo seguía siendo un campo minado de silencios y reproches.
—Supongo que no está contento —respondió Daniel con voz p