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La barra se sentía como un confesionario donde nadie buscaba el perdón, solo el desahogo del alcohol. Victoria se concentraba en sus manos, dejando que el murmullo de los clientes fluyera a su alrededor como ruido blanco, hasta que dos voces se elevaron sobre el resto.

—Dos whiskys —ordenó uno.

Victoria sirvió con movimientos mecánicos, manteniendo la mirada baja. No necesitaba ver sus rostros para saber qué tipo de hombres eran: aquellos que se alimentan de la carroña de las tragedias ajenas
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