La mansión Rivera, que alguna vez fue el símbolo del poderío de su linaje, se sentía ahora como un mausoleo frío y ajeno. Victoria cruzó el umbral tras el funeral, pero el eco de sus propios pasos le devolvió una verdad amarga: ya no era la dueña de ese silencio.
Brenda la esperaba en la sala de estar, sentada con una rectitud que no dejaba lugar a la duda. No había rastro de luto real en su rostro, solo la determinación de quien ha esperado años para ejecutar un movimiento maestro.
—Tenemo