La mañana llegó sin anunciarse, filtrándose por las cortinas como una mancha gris y pesada que se negaba a iluminar la habitación. Victoria abrió los ojos y, por un segundo de misericordiosa amnesia, el mundo fue plano. Luego, la realidad regresó de golpe, como una marea helada que le cortó el aliento.
No lloró. No hubo gritos ni espasmos. Solo se quedó allí, inmóvil, mirando las molduras del techo como si fueran las coordenadas de un mapa que ya no sabía leer.
Un par de golpes suaves en la