El estruendo de la plaza de Valemont se desvaneció, reemplazado por el eco rítmico de sus propios tacones sobre el pavimento. Victoria caminaba con una urgencia que rayaba en el pánico, sintiendo cómo el estuche del vestido se balanceaba con pesadez contra su pierna. No necesitaba girarse; el instinto, agudizado por semanas de vivir bajo la sombra de los Meléndez, le gritaba que el espacio a sus espaldas no estaba vacío. Esa presencia era una mancha invisible que se adhería a su sombra, moviénd