La tarde en la plaza de Valemont se sentía inusualmente asfixiante. Victoria caminaba con el estuche de su vestido al hombro, pero el peso que sentía no era el de la tela. Desde que había bajado del auto, una sensación punzante en la nuca le advertía que no estaba sola; el reflejo de los escaparates le devolvía sombras que parecían moverse a su mismo ritmo, una presencia persistente que la seguía de cerca.
Buscando una salida rápida hacia el estacionamiento, giró en una esquina con una urgenc