Daniel regresó al salón y el aire acondicionado, antes imperceptible, le golpeó el rostro como un recordatorio de la frialdad que debía recuperar. Cada paso sobre el mármol era una reafirmación de su apellido, una forma de enterrar el calor de la cintura de Victoria que aún quemaba las palmas de sus manos.
—Aquí estás.
La voz de su abuelo no era una observación; era un reclamo. El patriarca Meléndez lo interceptó antes de que Daniel pudiera buscar un refugio líquido en la barra.
—Ven. La hij