La mañana en Obsidian avanzaba con la precisión de un reloj suizo, pero dentro del despacho de Daniel, el engranaje parecía haberse trabado. El aire se sentía más denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el espacio resultara más estrecho de lo habitual.
Daniel tenía la mirada fija en los documentos sobre su escritorio, pero las líneas de texto eran solo manchas negras sobre el papel. No estaba leyendo; su mente estaba estancada en los restos de la noche anterior, en el roce de