Victoria se separó apenas un milímetro, lo suficiente para recuperar el aire pero no la libertad. El calor de las manos de Daniel todavía atravesaba la tela de su vestido, marcando el lugar donde su cuerpo había cedido ante el desequilibrio.
—Puedes soltarme —susurró ella, aunque su voz carecía de la autoridad necesaria para convencerlo.
Daniel no lo hizo de inmediato. Sus dedos se cerraron un poco más, en un gesto que oscilaba entre la protección y la posesión.
—Evito que te caigas —replicó