Dentro, el banquete de los Garza continuaba con su coreografía habitual de risas medidas y brindis estratégicos, un mundo de apariencias que a Victoria ya no le servía de refugio. Carlos, en la mesa principal, había mantenido su parte en la conversación sin pestañear cuando ella se levantó, pero un segundo después, desvió la mirada hacia las puertas de cristal del jardín con una precisión clínica.
Notó el movimiento. No dijo nada. No hacía falta; en su mundo, las ausencias prolongadas a mitad