ISABELLE
El trayecto hasta su casa fue silencioso y más duro de lo que pensaba.
Por suerte, yo sabía conducir, aunque no muy bien.
Nunca se me había dado bien conducir.
Él ya se había quedado dormido en el asiento del copiloto y lo único que oía era su respiración débil y superficial.
Cuando por fin llegamos a su mansión, no pude evitar mirarlo. Tenía los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada en el asiento que había echado hacia atrás para poder recostarse cómodamente.
«Jake», dije en voz baj