Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Selena
Él esboza esa sonrisa diabólica que vi desde el VIP, me hace una leve inclinación de cabeza y, sin decir su nombre, se da la vuelta y regresa hacia la zona privada, escoltado por dos hombres que parecen sombras. —¡Amiga! —grita Laura sacudiéndome—. ¡Por favor! ¿Quién es ese hombre? —dice abanicándose con la mano—. ¡Es hermoso! Estoy helada, no puedo recuperarme aún. Pero el alcohol parece haber desaparecido de golpe de mi sistema. —¿Qué? —miro hacia el VIP, pero él ya se ha sentado y está encendiendo un habano mientras la rubia despampanante intenta recuperar su atención. Él ni la mira; sus ojos están fijos en la entrada del bar, como si estuviera esperando ver si me voy a salvo. La mayor locura que he hecho desde que me mudé a Italia con mis padres fue haberme fugado un fin de semana con Enzo después de una semana de haberlo conocido. Como hija mayor de tres hermanos, siempre tuve que ser la chica buena que daba el ejemplo. Estudié en un colegio religioso en Nueva York; allí, desde muy pequeña, aprendí lo que eran la culpa y la castidad. Para lo que me sirvió. Algo dentro de mí se enciende. Siento que es una especie de valentía o tal vez es el último resto de alcohol dándome fuerza. —Espérame aquí —le ordeno a Laura—. O mejor, sigue hablando con ese chico con el que estabas tan animada. Ahora vengo... Ella me mira con asombro. —¿Adónde vas? ¡Me imagino que no pensarás seguir a Enzo! Sonrío, y creo que mi mirada es tan o más diabólica que la de mi ángel oscuro. —Nada de eso —respondo con esa seguridad que últimamente se me ha hecho carne—. No voy a perder mi tiempo con estúpidos. Ahora vengo. —Pero... —¡Que ahora vengo! —reitero, sin mirarla, porque mi objetivo ya está fijado. Siento la loca necesidad de ir y agradecerle personalmente a mi ángel oscuro su ayuda. Creo que, debo hacer algo más estoico que agradecerle a media voz, con mi cuerpo desparramado en el piso. Camino con una seguridad que por dentro me está abandonando. Percibo que él está con esa rubia sentada en sus piernas, haciéndole monerías. Cierro mis puños, sintiendo impotencia y un poco de desazón. Estúpida rubia despampanante con piernas hasta el cuello y estúpida yo, que creí que ese hombre me había salvado de Enzo porque yo le gustaba. ¿En qué carajos estoy pensando? Nada más frustrante cuando por segunda vez, se me rompe el corazón. Una vez por el desamor de mi exesposo y esta vez, por la caída de una expectativa que solo he creado en mi frondosa imaginación. Me siento una boba con diploma. Lentamente voy dando la vuelta. No tiene caso seguir. Es mejor dejar de hacer estupideces, volver a casa, acostarme a dormir y dejar que esta borrachera se me pase. Parpadeo varias veces porque entre el humo y el gentío que está saltando eufórico no puedo divisar a Laura. Diablos, mi miopía otra vez jugándome en contra. Las luces se apagan y se prenden, la música electrónica va subiendo el volumen me da la sensación de que ni siquiera puedo escuchar mis propios pensamientos. De pronto, siento que alguien me agarra del brazo con fuerza. No puedo ver quién es y estoy segura de que es Enzo que regresó para terminar lo que había empezado. —¡Hey! —grito, furiosa—. ¿Qué haces? ¡Suéltame! Más forcejeo, más me fuerza. Las personas siguen bailando casi en la oscuridad sin percatarse de lo que está sucediéndome. No tengo miedo, solo tengo una furia que juro que voy a matarlo cuando logre liberarme de él. —¡Eres un maldito, Enzo! Ya verás lo que te haré cuando salgamos de acá. Cuando nos alejamos, puedo notar que no es Enzo. Lo miro bien, o eso trato de hacer: me da la sensación de que estoy viendo a un gorila con traje oscuro. —Por favor, deje de gritar que no le haré nada —me dice con firmeza y seriedad—. Mi jefe quiere verla y me ha enviado que la traiga hasta aquí. Me friego los ojos, porque me pican. Genial. El humo que están lanzando me están dejando casi ciega. —¿Quién es su jefe? Exijo saberlo. Yo no veo bien, pero noto en medio de la semioscuridad del pasillo, que el guardaespaldas esboza una sonrisa. —Ya lo verá. Póngase esto —me ordena, sacando una especie de venda oscura. Me retiro unos pasos hacia atrás. —¿Qué? ¡Ni loca voy a dejar que me ponga eso! La adrenalina y el alcohol me recorren el cuerpo. Sigo sin tener miedo, pero me está ganando la curiosidad. Su jefe ¿será mi ángel oscuro? —Señora, o se lo coloca o lo hago yo. No se irá de aquí hasta que no vea a mi jefe, eso se lo puedo asegurar. Saco mi celular. —¡Voy a llamar a la policía! —asevero con enojo—. A mí, ¡nadie me va a decir que es lo que tengo que hacer! De pronto siento que alguien me toma de atrás con suavidad. —¿Así me agradeces lo que acabo de hacer por ti? —me susurra al oído con voz ronca—. Creí que estabas yendo a mi mesa para hablar conmigo. Me quedo helada. ¡Es él! Mis piernas tiemblan y una corriente eléctrica recorre mi espalda y mientras eso pasa, ese hombre me venda los ojos con una facilidad que ni Houdini pudo tener. —Se buena chica y acompañame —me ordena—. Sé que te gustará lo que voy a mostrarte. Trago saliva y asiento, sin poder emitir palabra. —Así me gusta —me dice, tomándome la mano—. Confía en mí, yo te guiaré. No sé cuánto caminamos, mi cuerpo tiembla por completo, pero sigo sin salir de la sorpresa. Escucho que una puerta se abre y apenas entramos, se cierra tras nosotros. —No pienso hacer nada sin tu consentimiento —pronuncia con seguridad—. Si quieres continuar con esto, te diré que hacer. ¿Qué se supone que le diga? Estoy deseando besar a este dios romano desde que me salvó. —Ajá —digo, casi en un susurro. —¿Quieres o no? —me dice, impaciente. —Quiero. Escucho que él va en busca de algo y regresa hasta donde estoy. No sé qué hacer ni decir. Mi única experiencia sexual ha sido con Enzo y la verdad, no ha sido gran cosa, eso creo. —Mantén tus ojos cerrados hasta que yo te diga. Me saca la venda y me coloca una especie de máscara. —Ahora, abre tus ojos, lentamente. Cuando lo hago, veo que él usa una especie de máscara en color negro. Y se ha quitado su camisa, dejándome ver sus abdominales marcados. Dios, mi ángel es una maldit@ obra de arte tallada. Las paredes o lo que la luz me deja notar son rojas y hay un montón de cosas colgadas. —¿Qué carajos es esto? —pregunto, incómoda—. ¿Eres de esa gente rara a la que le gusta pegar y todo eso? ¿Me viste cara de ser así? Olvidalo señor Grey, me voy de aquí. Él parece contener la risa, pero no puede. Es tan diabólico como atractivo. Quiero irme, pero mi entrepierna parece estar deseando otra cosa. Casi de manera involuntaria, me doy la vuelta para irme y ahí siento como una ráfaga que me atrapa y me lleva contra la pared. —No debo hacer esto, pero lo haré —susurra, agitado. Y sin que pueda hacer algo, me besa. Sus labios carnosos y tibios atrapan mi boca con una habilidad arrasadora. No tengo noción de cuánto tiempo me tiene atrapada contra la pared besándome como un maniático —yo no me quedo atrás, eh—el beso me está destrabando una necesidad que no sabía que tenía. ¡Al diablo con todo! si voy a experimentar algo nuevo, quiero que sea con este monumento masculino. Total, ¿Qué probabilidad existe que algo así me vuelva a suceder? Comienzo a acariciarle la ancha espalda, mientras él, me baja lentamente los breteles de mi vestido, besándome el cuello, provocándome una inusitada locura. Mierd@, me rindo. —Haz lo que quieras —susurro. Él se detiene un instante, mientras me acaricia con suavidad el pecho. —¿Segura? ¿Serás mía por esta noche? ¡Por Dios! ¿Qué me está preguntando este ser del infierno? Solo me falta una etiqueta en la frente que diga “totalmente entregada”. Soy Selena Barker, la mujer que hoy entregará este rellenito y hermoso cuerpo a la ciencia. Sí, lo digo así porque pienso experimentar cada cosa que él me haga sin decir que no, a nada. Que me ate, me dé con el látigo, me acaricie con su lengua, lo que sea pero que lo haga. Ya que estoy en el juego, voy a jugar hasta el final. Créanme, si vieran lo que yo alcanzo a ver y a sentir, ustedes también lo querrían. Mañana será otro día.






