Mundo ficciónIniciar sesiónPOV ALESSANDRO
VIERNES, 11:30 PM Apenas puedo creer lo que me está pasando. Vine con unos amigos a este bar buscando lo de siempre: un lugar donde sé que tendré privacidad y un respiro del mundo que trato de controlar. Como siempre, hay chicas que nos acompañan para divertirnos un poco. Necesito alejarme de la rutina, pero más que nada de la hija de mi socio, Eleonora. Sé que por mandato familiar y por mantener el equilibrio en nuestra sociedad, debería casarme con ella. Posiblemente algún día lo haga; es el precio de mi apellido. Pero no es algo que me preocupe en este momento. Mi mente está en cualquier lugar, menos en un altar. Por ahora me limito a pasar la noche escuchando conversaciones absurdas y vacías de mis acompañantes. No me interesa lo que digan, pero al menos estoy lejos de mis responsabilidades y del control de "mi novia". Sus celos son tales que hasta se atrevió a contratar a una secretaria a su gusto y parecer; obviamente para controlar cada uno de mis movimientos. Si ella cree que con eso podrá dominarme, está loca. Apenas el lunes esa mujer ponga un pie en la empresa, la pienso despedir. A mí nadie me va a decir qué tengo que hacer. Eleonora no me conoce aun, no sabe de lo que soy capaz cuando una situación me satura. Si le tengo paciencia no es porque esté enamorado de ella, si no por los intereses económicos y la tradición que nos une, nada más. Pero no pienso permitirle que se meta en mi vida más de lo que se lo he permitido Me siento furioso con la situación, pero no dejaré que arruine mi noche. La chica que está conmigo parece dispuesta a todo; es más de lo mismo, plástico y perfume caro. Ya veré qué hago con ella más tar... Un momento. ¿Quién es esa mujer? ¿Por qué tengo la sensación de que la conozco de alguna parte? Quiero parar de mirarla, pero algo en ella me es muy familiar. Como si la hubiese visto antes. No... eso es imposible. Vengo seguido aquí —de hecho, este bar es mío, es por así decirlo, mi refugio—, y sé quiénes vienen aquí y jamás la he visto. A su amiga creo haberla visto pero ¿a ella? Definitivamente, no. Mi compañera me sigue hablando mientras me acaricia la entrepierna, pero yo, sigo enfocado en esa mujer. Cabello largo y oscuro, piel blanca y una boca que por alguna razón me apetece mordérsela. Ni siquiera entiendo por qué, jamás me han atraído mujeres ni de su edad—parece de unos treinta—ni de su talla. A simple vista se nota que no es adepta al ejercicio, su vestido rojo no disimula ni un poco lo que le sobra de cuerpo. Y, aun así, no puedo dejar de mirarla. Mientras bebe sin parar, se ríe con un desparpajo y naturalidad que desarman. En un momento nuestras miradas se cruzan y por ¡Dios Santo! Su mirada es la de una mujer que parece haber cruzado el infierno mismo y salir de allí como si nada le importara ya. Ella se sonroja y noto que trata de esquivarme la mirada. ¿Por qué? ¿Acaso no le parezco atractivo? ¿No sabe quién soy yo? A mí, nadie me dice que no, jamás. Menos una mujer como ella. Y cuando creo que todo se limitará a unos tragos y a esquivar mis miradas, sucede hace algo impensado, algo que me deja pasmado por completo. Se levanta de su silla y se dirige hacia la barra caminando y sonriendo como si fuera la put@ reina del club, con una seguridad y un magnetismo que ninguna de estas modelos tiene. El barman la ayuda a subir y comienza a moverse en principio, tímidamente al ritmo de una canción que ni conozco —pero ella parece que sí porque mientras baila, la canta. Esa mujer, es hipnótica. Hago un ademán para sacarme de encima a la chica que está a mi lado. Me enfoco en ella, viendo cómo se acaricia el cuerpo. Me mira y me sonríe con un tinte de perversidad en sus ojos. ¡Maldita sea! Estoy excitado como pocas veces. Los hombres comienzan a acercarse alentándola y no solo eso, le comienzan a gritar elogios y a querer tocarla. Eso me está molestando y mucho. Nadie la va a tocar, no, mientras yo esté presente. Le ordeno a uno de mis hombres para que vaya a la barra y no deje que nadie se le acerque y mucho menos, la toque. Pero cuando él está yendo veo que un tipo comienza a gritarle, no sé qué porque no puedo escuchar con la música. La toma de la pierna y comienza a forcejear con ella. Ese es mi limite. Me levanto con una furia inexplicable y me voy hacia ese imbécil que intenta hacerle daño a la reina de la noche. No mido ni mis palabras ni me fuerza. Quiero destrozarle la cara a ese idiota que se osó detener el espectáculo. La escucho respirar agitada, en el suelo. La miro de soslayo, su vestido se le ha subido, mostrando lo que resta de sus regordetas piernas y parte de su trasero. No me giro, no quiero avergonzarla más de lo que ya lo hizo ese imbécil, juro que quiero golpearlo hasta romperle el cuerpo, pero hay demasiados testigos y no me conviene exponerme. —¿Quién te crees que eres, infeliz? ¡Esa es mi mujer! —Me grita el tipo, mientas se limpia la sangre de la boca. Ah, reina de la noche, pervertida y promiscua. Algo en mí, extrañamente, se rompe. Todas son iguales. ¿Qué diablos me está pasando? Debo haber tomado mucho. —¡Ya no eres mi esposo! ¡Nos divorciamos hoy! —le grita ella con vehemencia. Es una fiera en una jaula. Sonrió levemente esas son las palabras claves que necesito para darle la estocada final a mi miserable oponente. —Dijo que la soltaras. Y por lo que veo, ya no es tu mujer. Es una mujer libre —asevero con frialdad y desdén—. Si la vuelves a tocar, el próximo golpe no será en la cara. Te lo puedo asegurar. Lo puedo hacer. Con una sola orden, puedo hacer que ese tipo —quien quiera que sea—mañana esté comiendo barro. El maldito se va con la mujerzuela que lo acompaña mascullando amenazas e improperios. Como si a mí me importara lo que ese inútil tiene para decirme. Me agacho frente a ella y trato de mirarla, pero las luces están bajas y, aun así, mis ojos se enfocan en esa boca roja que me está trastornando desde que la vi. —Debería tener más cuidado, Signorina —atino a decirle—. Las barras de los bares son traicioneras... igual que los hombres que no saben cuándo retirarse. ¡Ni siquiera sé lo que le estoy diciendo! El licor y el deseo me está nublando la mente. Maldita sea, me voy de aquí antes de que quede en evidencia. Me siento en mi lugar como si nada y cuando creo que todo quedará ahí, la extraña dama me sorprende, una vez más.






