Una semana después, Jenna se sentía agotada, había sufrido más en ese tiempo que en sus veinticinco años de vida, pero, aun así, había procurado mantenerse firme y mostrarse fuerte ante su hijo. No quería que él percibiera la presión a la que se veía sometida.
En ese momento, Jenna se encontraba en la habitación de Noah, limpiando y arreglando sus juguetes, mientras el pequeño jugaba cerca de ella. Su carita estaba iluminada por una radiante sonrisa. Jenna se detuvo por un momento, y lo observó